lunes, 28 de octubre de 2013

La Tía Escolástica y la infusión del Pendente

Capítulo I


            Escribo esto para que los cobanis se dejen de ortibar y me dejen ranchear tranquilo con los Turrucos. Mi nombre es Johnathan. Si así, con dos haches. Mi viejo tuvo que pararse de manos con un logi del registro civil que se quiso hacer el pillo y decirle a él como se escribía el nombre de su primogénito. Mi situación actual se debe a un gran malentendido. No es cierto como dice en el expediente que hayamos privado ilegítimamente de la libertad a la pibita esa. La muy turra se lo levantó a Briaian (mi hermano menor, ya el logi del registro estaba bien mansito y no puso objeción alguna a que lo anoten así). Todo lo que pasó después es harina de otro costal. Ahora les quiero contar un descubrimiento sorprendente que realice gracias al reverendo Abal del pabellón VIP.
            Me imagino que entre los lectores se encontrarán individuos sagaces y con ganas de encontrarle la novena pata al pulpo que habrán notado cierta inconsistencia en mi lenguaje. Eso tiene explicación pero es muy larga. Les prometo que si siguen leyendo un poco más todo cobrará sentido. El reverendo Abal me tomó cariño. Supongo que será porque yo lo escuchaba cuando me contaba las historias raras sobre los curas de antes, aunque Peto (el líder de los Turrucos) dice que es porque el viejo me tiene ganas. Lo cierto es que a mí las historias de Abal siempre me parecieron sonsas. Solo empecé a darle bola cuando se adentró con lujo de detalles en las aventuras de Escolástica de Barrento. De entrada la historia me gustó porque a mi tía Marixa le dicen Escolástica. Marixa  yira en Escobar y es muy elástica, de ahí tamaño apodo.
            Siempre según el reverendo Abal, Escolástica de Barrento desde pequeña sintió que estaba destinada a triunfar cuando los normandos arrasaron su aldea y ella fue la única en salvarse escondiéndose en las fauces de un león marino. Luego de vivir por años en la colonia de mamíferos pinnípedos de la familia de los otáridos, decidió ingresar a un monasterio. Para eso se dejó la barba y se vistió con las ropas de un ermitaño que a veces se hacía mimos con una leona de la colonia. Le costó bastante ingresar al monasterio sobretodo porque el más cercano era el de Cluny y para llegar hasta allá la cosa se ponía brava de noche. En esa parte me costó seguir el relato del reverendo porque fue cuando Peto se trenzó con los cobanis y prendió fuego todo.
            Déjenme que les explique un poco de que va todo. Resulta que estamos privados de la libertad acá con los muchachos. Dentro de los penales ocurren cosas extrañas. Yo soy medio nuevo en esto (o no, depende como se lo mire); pero compañeros que vienen trasladados de otros lados dicen que este es un lugar raro. Dentro de las cosas extrañas lo que más llama la atención a los recién llegados es el poder que tiene el reverendo acá dentro. Diego Armando Abal, el reverendo, tiene  muchas cosas que no cierran. La primera es su nombre. ¿Cómo puede ser que un tipo nacido en 1946 se llame Diego Armando? Juan Domingo, Julio Argentino, hasta Benito Adolfo hubieran sido lógicos; pero lo de Diego Armando me sorprendió desde la primera vez que se me presentó. Obviamente de entrada pensé que era un apodo; pero no. El viejo me mostró un documento y en todos los papeles oficiales del Servicio Penitenciario a los que tuve acceso a raíz de mis relaciones con el susodicho figura de tal forma. Diego Armando Abal, entonces, fue muy conocido en una época en todo el segundo cordón del conurbano. El reverendo era amado por todos los niños de los barrios carenciados. Los pibes lo idolatraban y eso en esas tierras ásperas de la Provincia no le gustó mucho a los poderosos. Por poderosos entiéndase punteros, gremialistas, comisarios y demás alimañas. Diegote como todos le decían en aquel entonces sorprendía por los regalos que repartía por doquier. Más allá de que es poco frecuente que a uno le regalen algo en esta vida, lo sorprendente era lo que el viejo regalaba. A un pibe de Florencio Varela le regaló en 1998 una remera del Barcelona que atrás decía “Messi” y en 2008 a un integrante de la barra brava millonaria le regalo plata y le dijo que no se angustie por las derrotas con Boca Unidos y Atlanta que al año siguiente volvían a primera.
            Cuando pasó lo que pasó con la putita esa que se encamó con el Briaian y yo me enteré que caía adentro se me vino el mundo abajo. Mis primeros días como interno fueron muy duros. Pensé que no zafaba. Hasta que un día en el que estaba tirado en mi cama sin poder levantarme de lo que me habían dado la noche anterior, siento que una mano me mueve dulcemente y me extiende una remera de la selección nueva. La remera era hermosa, de unas tonalidades de celeste y blanco que yo nunca había visto. Le miro la cara a mi ángel guardián y me resulta vagamente conocida. Cuando me dice que me ponga la casaca, que con esa dimos la vuelta en el Maracaná lo reconozco.
            Peto dice que el viejo me tiene ganas y que por eso se dejó agarrar y entró al penal; pero Peto no entiende nada. Desde el primer día de Diegote adentro todo cambió. Él no dejó que nadie se vuelva a referir a él por su nombre de pila, todos deben llamarlo reverendo. Todos empezaron a reverenciarlo, y cuando digo todos digo todos. Internos y cobanis por igual. Desde mi forma de ver las cosas en ese entonces, el viejo no hacía nada para que todos lo reverencien. Se pasaba todo el día contándome historias de curas del medioevo y costumbres que no lograba entender. Antes de  empezar a hablar de Escolástica me dijo que preste atención, que esta era la parte para la que me necesitaba…
            Discúlpenme que sea un poco desordenado pero son muchas las cosas que me pasan por la cabeza ahora que todo terminó. Recuerdo que les dejé de contar la historia de Escolástica de Barrento cuando quiso entrar al monasterio. Esa parte nunca la entendí bien, ni siquiera después de haber pasado lo que pasamos juntos. No pregunten cómo pero para el año 1040, Escolástica llegó a ser prior del monasterio de Cluny. De ahí marchó a Roma, siempre disfrazada con sus ropajes masculinos, invitada a participar de un cónclave secreto. Me imagino que todos ustedes, lectores cultos a los que les sorprende que un pibe chorro cuyo padre le puso Johnathan y a su hermano Briaian pueda decir primogénito, estarán familiarizados con la historia de la Papisa Juana. Ahh, no? Vergüenza debería darles. Me hacen contarles todo lo que el bueno de Diego Armando me contó en su momento. Voy a ser muy breve, a los que le interese el asunto que lo googleen. Juana de Ingelheim am Rhein llego a ser elegida Papa en 855 tras la muerte de León IV haciéndose pasar por un erudito teólogo sajón. Resulta ser que la Suma Pontífice dejó ver sus atributos a algunos prelados, especialmente al embajador Lamberto de Sajonia de quien quedó embarazada. En 857 en medio de una procesión, justo enfrente de la Iglesia de San Clemente, la Papisa que se hacía llamar Benedicto III dio a luz ante el asombro de la concurrencia que inmediatamente procedió a lapidarla y a comerse al fruto de su vientre. ¡¡No me creen!!  No sean ignorantes. Si lo dice Wikipedia es cierto. A raíz de este asuntito con la buena de Juana, en Roma decidieron tomar sus recaudos y antes de comunicar los resultados de los conclaves hacían sentarse al candidato al cetro petrino en un hermoso trono perforado en el cual un eclesiástico estaba encargado de examinar manualmente los atributos sexuales del nuevo pontífice de forma de verificar su virilidad. Si todo era correcto, exclamaba: “Dous habet et bene pendentes”. Tiene dos y cuelgan bien según la traducción del latín de Diego Armando Abal.
            Ahora que todos nos manejamos con niveles similares de conocimiento de temas básicos es que debo explicarles que pretendía de mí el reverendo. Una noche luego del incendio en el que perdimos a Toto (la mascota del penal), el viejo me miró fijo y me dijo: “Tu eres el elegido por nuestra mentora”. Yo pensé que al viejo le había pegado mal algo. No entendía por qué me hablaba de esa forma. Hasta ese momento nunca había escuchado la palabra mentora en mi vida. El viejo se dio cuenta y se quejó de que nunca escuchaba enteras sus historias. Cuando me contó que un ñato era el encargado de tocarles las bolas a los curas para ver si podían ser Papas me puse a reír tanto que casi me ahogo y dejé de escucharlo. Esa hilaridad asfixiante fue la que me privó de escuchar que a raíz de la exclamación que coronaba su trabajo,  a estos nobles diáconos se los conocía con el nombre de pendentes. Ser un pendente era algo muy importante en esa época. Los pendentes eran cuidadosamente seleccionados entre los jóvenes de la curia, me explicaba el reverendo. Debían reunir una serie de requisitos entre los cuales el más estricto era la longitud de su miembro viril. El pene de un pendente en erección debía tener como máximo una extensión de 3,8cm. En ese momento todo tomó otro color, se me nubló la vista y pensé en asesinar a Abal. “Yo le voy a enseñar a este hijo de puta que no se jode con un Mamani” pensé. Acto seguido agarré al reverendo de la sotana con la que siempre vestía dentro del penal y lo llevé en vilo veinte metros hasta estamparlo contra el sector de refrigerio de su sala VIP. Las anteriores veces que se me había desatado tamaña furia la reacción en mis circunstanciales víctimas había sido idéntica en todos los casos. Pánico. Ganas de congraciarse conmigo. “No, negrito, tranquilo”. “Tenés que bancarte una joda, Johnathan”. En este caso, la reacción de Diego Armando me sorprendió y en cierta forma frenó mis impulsos. El viejo tenía una cara de paz completamente fuera de lugar. Se estaba enfrentando a un convicto enajenado y me miraba como si estuviese contemplando a un párvulo angelical. Con habilidad sorprendente uso mi desconcierto para zafarse de mis manos y realizó una extraña voltereta aérea en la que me golpeó con su rodilla en las pelotas y cayó por mi espalda agarrándome de los pelos y dejándome completamente inmóvil. “Escuchame pito-corto, no te hagas el loquito que no al pedo soy la mano derecha de la Jefa y me encomienda que le resuelva sus quilombos por secula seculorum.” me dijo mientras yo perdía el conocimiento.

Capítulo II


            No siento las piernas, las tengo entumecidas. Estoy desnudo, tengo frío. No entiendo nada. “Este viejo al final es mucho más hijo de puta de lo que imaginaba” pienso para mis adentros. Sin entender cómo pudo el viejo de mierda dominarme de tal manera trato de pensar en frío. Estoy acostado sobre un suelo de adoquines húmedos. El frio que siento es inefable. Mi pene, que como podrán imaginar siempre fue un asunto complejo, prácticamente ha desaparecido escondido entre mi vello pubiano. Intento mover las piernas y lo logro con algo de dificultad, pero lo logro. Pensé que iba a ser peor. Solo debe ser el frio. Consigo moverme y sacudirme la gélida escarcha. Estoy a la intemperie. Cuando por fin logro ponerme de pie lo que veo me desconcierta. Estoy en una especie de  bosque en el medio de las montañas. No entiendo nada. Está amaneciendo. A lo lejos escucho ruidos como de metales chocando entre sí. Logro aclarar la vista y veo una construcción grande arriba de una loma. Debe ser un penal. Me trasladaron. Pero, ¿qué carajo hago en bolas y del lado de afuera? ¡Me debo estar fugando! ¿Cómo mierda no me acuerdo nada? ¡Diego Armando Abal y la reputisima  madre que te parió! 
            Tengo que pensar rápido. No sé cómo mierda llegué a fuera del penal pero tengo en claro que no quiero volver. Escucho ruidos de voces que se acercan. Hablan un idioma extraño. ¡La puta que lo pario, esto se pone cada vez más raro! Me escondo dentro de una construcción que parece un galpón lleno de paja y con una especie de molino en una punta. Las voces se acercan y logro identificar a unos personajes de lo más pintorescos. Son cuatro y son muy parecidos entre ellos. Pelados, con barba crecida y llevan puesto algo similar a una bolsa de arpillera a guisa de poncho. No entiendo nada de lo que dicen pero los huelo perfectamente. Hieden, los hijos de puta. Luego de algo que parece ser una discusión, el más gordo de ellos decide entrar al granero en el que estoy escondido. Yo, todavía adormilado, intento esconderme en un rincón pero con tal torpeza que inmediatamente me descubren el gordo y los otros tres que vienen tras él. Mientras corro para intentar salir por una ventana en uno de los laterales del galpón rectangular escucho gritos a mis espaldas. Palabras ininteligibles en los que creo descifrar varias veces la expresión “penis infimun”. La adrenalina que corre por mis venas cada vez que alguien hace referencia a esa particularidad de mi anatomía es bienvenida en este caso. De un salto alcanzo la ventana y corro libre por entremedio del bosque. Doy vuelta la cabeza y mis perseguidores vienen ridículamente rezagados, como si no les importara demasiado apresarme. Al volver a mirar para adelante lo que veo me petrifica. Una legión de monitos idéntica a la de los cuatro anteriores. Todos vestidos igual y con el mismo tufo. Son cientos y todos me miran. Todos dirigen sus miradas hacia una parte en particular de mi cuerpo. Ahora claramente entiendo lo que dicen: “¡¡Penis ultra infimun!! Una voz dice en sorprendente castellano: “Agárrenlo sin lastimarlo y llévenlo ante el Prior”. La horda de hediondos pelados se lanza sobre mi cual zombies. Antes de que puedan ponerme una mano encima entro en un letargo similar a la vez que uno de los cobanis me durmió en Marcos Paz con cloroformo. Percibo todo entre sombras, el olor es realmente insoportable y entre los monitos que se me acercan me parece encontrar una cara conocida. Diego Armando Abal y la reputisima madre que te remil parió. Eso es lo último que pienso al reconocerlo antes de desmayarme. 
            Ahora estoy acostado en una cama grande. El colchón es muy duro pero confortable. Huele a flores silvestres. El contraste con el olor que me anestesió previamente es implacable. Una especie de mosquitero cuelga desde el techo de la cama. Si, la cama tiene techo. Es todo extraño. Intento levantarme y lo logro sin inconvenientes. Me siento bien. Debo haber dormido por un largo rato. Tengo hambre. La última vez que recuerdo haber comido fue en compañía de Abal y los Turrucos antes de que el conchidísimo viejo hiciera mención a su reputísima mentora. Ahora que veo la cama desde afuera, noto que tiene mucha tela alrededor y las patas son de un metal dorado muy brillante. Buena imitación de oro. Por algo así en González Catán te dan paco como para un mes. La habitación en la que me encuentro es amplia y espaciosa. Sigo desnudo pero no tengo frío. En una mesita cerca de la puerta veo comida. Me abalanzo sobre ella. Hay algunas frutas, un pan negro tipo integral y un pedazo de carne fría. Agarro el pan. Un desastre. Duro y con gusto a tierra. El pan más feo que probé en mi vida. Antes de la cagada que se mandó Briaian con la hija del comisario yo era el mejor asador del barrio. Todo un experto. Me llama la atención no reconocer el corte de carne.  La pruebo y casi vomito. Gusto espantoso y una dureza pétrea. No creo que sea carne de vaca. Por suerte con las frutas me va mejor. Me como dos manzanas dignas y algo similar a una pera. Me  siento bastante bien. Hace mucho tiempo que no estaba en un lugar limpio y agradable. Tengo algo de sueño y la cama es la más atractiva que he tenido disponible en toda mi vida. Me duermo plácidamente.
Estoy soñando. ¡Cuánto hace que no soñaba! Se ve que la cama cómoda favorece las cuestiones oníricas. Pero acá nada es lo que parece. En el sueño estoy en la misma cama en la que me quedé dormido y de golpe se abren los mosquiteros y entra una morocha despampanante totalmente desnuda. Su belleza es algo rudimentaria. A decir verdad, con el asunto este de que después de lo del incendio me prohibieron las visitas higiénicas, estoy más caliente que una pava. Con lo cual no sé si la morocha está tan buena, pero a mí me pone al palo al instante. Para colmo ni bien entra a la cama se me va derecho al ganso. Empieza a acariciarlo, a lamerlo, a jugar con él. ¡Qué sueño hermoso!, me digo mientras me relajo. La puta me la sigue acariciando y de golpe siento algo frio ahí abajo. ¿Qué carajo pasa? Miró bien y veo una vara de metal al lado de mi verga. No entiendo nada. Presto más atención y noto que es una especie de regla. Me la está midiendo la hija de mil puta. Pego un grito y la encaro. La fámula sale corriendo con una agilidad sorprendente. En dos zancadas alcanza la puerta, la abre y la cierra tras de sí. En el segundo que la puerta estuvo abierta creo ver al viejo conchudo de Abal que mira entre preocupado y divertido. ¡Que sueño tan de mierda! Quiero despertarme. Hago fuerza para despertarme. Me pellizco y me duele. No me despierto…
Camino por la habitación todavía excitado sexualmente. Intento abrir la puerta pero está con llave. Hago fuerza y no logro destrabarla. No tiene cerradura. Debe tener un pasador del lado de afuera. No hay ventanas. ¡Me cago en satanás! ¿Cómo zafo de esta? El hámster hace correr la ruedita de mi marulo a mil por hora. Me abstraigo de todo y en eso veo sentado en una silla al lado de la puerta a un tipo encapuchado. No lo escuché entrar. Decido que lo mejor en este caso es ignorarlo, seguir en la mía como si el vago no existiera. Me hago el otario lo mejor que me sale y de golpe escucho una frase que me sorprende por  el contexto: “Eh, pito-corto; te recabió, gato”. Me doy vuelta teniendo en claro lo que iba a ver. Sentado en la silla, ya sin su capucha, está sentado Diego Armando Abal mirándome con una sonrisa en la boca. Pienso que este es mi momento de hacerle pagar por todas las que me debe; pero recuerdo como terminé la última vez que me le fui al humo y decido cambiar de estrategia. Me siento en una silla que alguien puso al lado de la suya, lo miro a los ojos fijamente y le digo: “¡Como me cagaste, viejo!”. Esto muta su sonrisa en carcajada.
Nos quedamos un rato sentados en silencio hasta que le comento como quien no quiere la cosa que yo sigo en pelotas. Él responde que lo había notado y me da una bolsa de arpillera para que me ponga encima. Recién ahí me doy cuenta que él está vestido con una igual y que la bolsa que me extiende también tiene capucha.
-. ¿Me vas a explicar de una puta vez qué carajo es todo esto?
-. Si lo que nuestra mentora dice sobre vos es cierto deberías darte cuenta solito.
-. Ah sí, y ¿qué te dijeron sobre mí?
-. La Jefa dice que sos un diamante en bruto. Que después de instruirte y de convencerte de lo que tenés que hacer vas a ser el artífice de todos sus sueños.
-. A ver si te explicas un poquito mejor.
-. ¿Recordás todo lo que te expliqué de las medidas que se adoptan en Roma para evitar que mujeres accedan al cetro petrino?
-. ¿Lo de los toca huevos?
-. En adelante te sugeriría que los llames pendentes. Bueno resulta que el Papa falleció la semana pasada.
-. ¿El argentino? ¿Bergoglio?
-. ¿Qué argentino?, pelotudo. Si no fuera porque la Jefa nunca se ha equivocado hasta ahora creería que tenés menos intelecto que un perro chihuahua. ¿Vos no mirás a tu alrededor? ¿A qué carajo te referís cuando decís “el argentino”? ¿Tenés idea siquiera de donde carajo estamos?
El viejo, bastante más fastidiado y suelto de cuerpo de lo que lo conocía, empezó a hablar de corrido y haciendo caso omiso a mis interrupciones. Me dijo que por mi culpa había pasado los últimos diez años en un país y en una época de mierda. Que cuando le habían encargado la misión pensó que podía tener su lado agradable. Que él era una amante del futbol y que ir a un loci del que habían salido Maradona y Messi le pareció emocionante. Quise preguntar por eso de “loci”, pero siguió sin darme bola. Que rápidamente se dio cuenta que estaba equivocado, que los Siglos XX y XXI eran peor de lo que se había imaginado. Y que ni el fútbol era interesante. Lo que lograrían siglos más adelante esos micronesios que descubrieron el juego aéreo al ganar en forma invicta el mundial de Comunidad Andina de 2230 hacía quedar a Maradona como el gordito drogón que en realidad era. Hasta del nombre que adoptó en el loci se arrepintió. Que yo le parecí un pelotudo irredimible de entrada y nunca descubrió nada que lo mueva un ápice de su opinión.
Yo lo escuchaba convencido de que el viejo de mierda había enloquecido. O peor aún que siempre había estado loco y lo único cierto que decía es que yo era de una pelotudez enorme al no haberme dado cuenta. En eso el viejo se calló. Negó con la cabeza y dijo que ya se había desahogado. Que lo perdonara pero que en esta movida se la jugaban entera, que a él también los primeros “jet-lag temporales” lo confundieron mucho e hicieron que no fuera capaz de entender realidades casi tan evidentes como esta.
-. Vamos a intentarlo nuevamente. ¿Estás de acuerdo?.- me preguntó con un tono totalmente diferente.
-. ¿Tengo opción a estar en desacuerdo? Me trajeron acá a la fuerza y esta es la primera pregunta que me hacen en mucho tiempo…
-. Parece que Escolástica tenía razón. No sos tan tonto como parecés.
-. Si vos lo decís…
-. Vamos a empezar por lo primero. Decís que te trajimos acá a la fuerza y tenés razón. No nos gusta la violencia pero a veces nos vemos obligados. Como decía un amigo de mi infancia, “el fin justifica los medios”. Te trajimos ACÁ a la fuerza, está bien. Pero, ¿dónde estamos?
-. ¡Qué sé yo! Para mí todos los penales son iguales. Aunque debo reconocer que este es más raro de lo que podría haberme imaginado.
-. ¡No puedo más! ¿De qué penal estás hablando? Seguís pensando que el Papa que se murió es Bergoglio. ¡Sos muy pelotudo!.- dijo al tiempo que se levantaba y se iba pegando un portazo.

Me quedé nuevamente solo en la habitación de la cama rara. Ahora ya no estaba en pelotas, pero lo que me picaba ese poncho de mierda hecho de tela de arpillera era un infierno. Estaba entretenido en aliviar el prurito con uñas y dientes cuando siento que la puerta se abre nuevamente. Me doy vuelta esperando encontrar a Abal sentado en su puta silla; pero, para mi sorpresa, veo a una persona de espaldas. Mucho más alto que el conchudo reverendo y más flaco también. El poncho de arpillera que parece ser indumentaria oficial deja al descubierto unas pantorrillas delgadas y lampiñas. Tiene la capucha puesta y parece que se diera cuenta que lo estoy mirando porque noto que hace unos sutiles movimientos que interpreto como duda entre actuar o prolongar el suspenso. Luego de unos interminables instantes se da vuelta y se saca la capucha. ¡No lo puedo creer! Es una mujer y ¡qué mujer! Me resulta vagamente conocida. Intento recordar de donde la conozco, pero no lo logro. De pronto empieza a hablar en un castellano ríspido como recién aprendido. Se presenta como Escolástica de Barrento…

Capítulo III


Después de haber pasado la infancia en Isidro Casanova nada debiera sorprenderme. Pero la realidad siempre supera a la ficción. Estoy en Roma. Todos me conocen como el maestre Jhon y me temen. Hace cinco años que desempeño una función que si hubiera llegado a los oídos de mis antiguos compañeros mi vida habría sido muy diferente de lo que fue. Vivo en un convento rodeado de todas las comodidades y la verdad trabajo muy poco. Todos me cuidan y me tienen entre algodones porque me consideran irremplazable.
Y en cierta forma soy irremplazable. Si alguien alguna vez me hubiera dicho que la característica de mi persona de la cual más me avergoncé a lo largo de mi vida me iba a permitir gozar de los privilegios actuales lo habría tomado por loco. Sucede que ni ahora ni nunca fue sencillo encontrar individuos con penes de menos de 3.8cm y coeficiente intelectual normal. Existen múltiples síndromes que presentan micropene, pero la mayoría se asocian a otras malformaciones congénitas y retraso madurativo. Esta es la explicación de porqué mi vida se convirtió en lo que es.
Cuando en Roma tuvieron el problemita ese con la buena de Juana estuvieron como desquiciados buscando una solución razonable. Cuando un obispo castellano expuso su idea del trono perforado y la palpación genital, la primera crítica que recibió fue que iba a ser muy sencillo sobornar (manipular si se me permite la fina ironía) al encargado de llevar adelante la comprobación. El impulsor de la idea lo tenía todo pensado y dijo que para eso habría que tener la precaución de que el encargado de tal labor sea un diacono “retardado”. Aunque les parezca increíble ya en los albores de la civilización moderna en Roma estaban preocupados por ser políticamente correctos y eso de “diacono retardado” no les pareció muy apropiado para hacerlo constar en una encíclica. Un integrante del cónclave de franca mirada aristocrática encontró una solución que satisfizo a todos. Luego de un largo alegato en el cual demostró su vasta experiencia en la materia, logro convencer a todos. El buen hombre era un aficionado a los miembros viriles por decirlo de algún modo. A lo largo de su vida había estado en contacto (por motivos que no logro dejar en claro ante sus compañeros de conclave) con más de cinco mil penes. Llevaba estadística de todo. Y había llegado a una conclusión sorprendente: no existía hombre en la faz de la Tierra con un pene menor a los 4cm que no fuera retardado. A los cardenales papables de la Edad Media los ponía un poco nerviosos (vaya a saber uno porque) hablar de tamaños de penes. Todos estaban un poco sorprendidos por la científica exposición hasta que el Camarlengo cortó por lo sano, se puso de pie y exclamó: “¡Dios así lo quiso!” Mediante ese maravilloso deux ex machina dieron por finalizada la discusión y dejaron sentados los requisitos para ser lo que con el tiempo se conocería como pendente.
No resultó un gran problema convencer a la curia romana de que mi intelecto era disminuido. Tengamos en cuenta que como pibe chorro del conurbano pude ser muy avispado; pero no me distinguía por mis conocimientos de latín ni de derecho canónico. A los ojos de estos zonzos entre los que me muevo era poco más que un idiota remachado. Los primeros años de mi vida en la Santa Sede fueron muy tranquilos, nadie requirió de mis servicios y llegué a creer que los planes de Escolástica se habían visto frustrados. Hubo un tiempo en que creí que se habían olvidado de mí y que iba a vivir para siempre esta vida de lujos y comodidad. No es que me queje. La verdad que a quien puede molestarle estar encerrado todo el día en la Capilla Sixtina con acceso a la biblioteca central del Vaticano. Al principio llamó la atención que un “retardado” se interesara tanto por los libros. Pero eso problema lo solucioné fácilmente. Cada vez que alguien se me acercaba mientras estaba en la biblioteca (lo hacían periódicamente para avisarme que la cena estaba servida o que la adoratrices del pendente me estaban esperando) empezaba a lamer el lomo de los ejemplares forrados en cuero con lo que nadie jamás puso en duda mi estupidez y consideraron una suerte que se me diera por estar entre libros y no los molestara en lo más mínimo. ¿Quién hubiera dicho que Jhonathan Mamani era un autodidacta de pura cepa? Resulta que en casi tres años logré un amplio dominio del latín, el griego y el italiano y leí plácidamente los más de treinta mil ejemplares de la biblioteca.
Mi formación académica solo se vio interrumpida por pantagruélicas jornadas en las que me agasajaban con los más exquisitos manjares y sesiones maratónicas de sexo con hermosas doncellas quienes estaban convencidas que lamer mi santo pene les brindaría un hándicap considerable a la hora del juicio final. Cuando ya  estaba seguro de que nada era como Abal y Escolástica me dijeron y que solo me tenían en el Vaticano en calidad de mascota privilegiada ocurrió que al Santo Padre se le dio por obitar. Fueron días de gran revuelo. Convocaron a un conclave y, cosa nunca vista desde mi llegada, se empezaron a preocupar por mí.
Me bañaron, me perfumaron y me vistieron con unas túnicas de seda. En los tres años previos solo me había bañado durante alguno de los encuentros con mis doncellas penitentes a las que les daba un tanto de repugnancia besar el santo pene con esos efluvios hediondos. Ahora pintado, peinado y perfumado me llevaron a la sala del conclave. Era una amplia habitación en la que estaban congregados un centenar de individuos variopintos. Estaban todos sentados en largas mesas rectangulares ubicadas en forma radiada salvo dos de ellos que se encontraban de pie en el centro de la gran rueda. A pesar de su tonsura y su hábito monacal la reconocí. Era ella, la mujer de mi sueño, la que me había medido la verga con una regla metálica luego de mi primer switch temporal. Me miró fijamente a los ojos y debo reconocer que temblé de excitación. He tenido muchas mujeres en mi vida, pero nunca ninguna me hizo gozar ni la décima parte que ella. Eso fue lo que me convenció. Por eso es que acepté dócilmente toda esta fantochada. Abal cree que fue por sus dotes persuasivas, pero no. Fue porque nadie me brindó jamás tanto placer como Escolástica de Barrento.          
Mi Venus personal, la mujer por la que había aceptado este disparate, estaba de pie frente al vasto auditorio. Yo la pude reconocer por todo lo que habíamos vivido juntos; pero la verdad es que el disfraz era inmejorable. Llevaba puesta la ya clásica bolsa de arpillera y tenía el pelo cortado casi al ras con una tonsura marcada en la coronilla. Desconozco como lograron el efecto de la barba; pero lo cierto es que parecía uno más entre todos esos religiosos de antaño. En rigor de verdad esto no es cierto en lo más mínimo, no era uno más. Y eso lo evidenciaba no solo que se encontrara de pie y en un lugar privilegiado, sino su actitud altiva. Estaba tratando de entender en que iba todo eso cuando se me acercó una de mis doncellas penitentes y me ofreció sutilmente una sesión de relax hasta que el cónclave se definiera. Me dijo que si bien quedaban solo dos candidatos en pie mi fundamental intervención solo sería requerida varias horas después de que uno de ellos fuera aclamado por la mayoría. Dudé si aceptar la propuesta. Terminó por decidirme el estado de excitación en el que me había sumido la contemplación de Escolástica. Con solo un gesto afirmativo las adoradoras del pendente entraron en acción.
Extasiado y feliz me encontraba descansando en mi lecho cuando escuché un ruido para nada usual en lo que eran mis aposentos. Mi hora había llegado. ¿También habría llegado la hora de Escolástica? Yo tenía muy en claro cuál debía ser mi proceder. Nadie debería sospechar nada. Me vinieron a buscar y volvieron a prepararme. Me llevaron con los ojos vendados durante el largo trayecto y me introdujeron en la sala del trono perforado. Recién ahí quitaron la venda que cubría mis ojos y, tal cual estaba establecido, vi sentado en el trono al futuro Sumo Pontífice. Enorme fue mi placer al percatarme de su vestimenta. Si, ¡era la ya entrañable bolsa de arpillera! Dispuesto a acariciar esos labios cálidos que en los que otrora hubiera retozado largamente, me arrodillé en mi sitio. Introduje la mano por debajo del trono preparado para concluir la perfecta trama urdida por nuestra mentora. Cuando mi mano tímida y juguetona se encontró con dos peludas y hediondas pelotas exclamé a voz en cuello “Dous habet et bene pendentes”. Escolástica había perdido la batalla final y yo le había acariciado con cariño las bolas al nuevo poseedor del cetro petrino.

Capítulo IV


                Todo se había ido al traste. Entré en un estado de depresión como el que nunca había sufrido en mi larga y accidentada vida. De nuevo estaba recluido entre mis aposentos y la biblioteca, pero ahora no tenía mayor esperanza de cambio. Todo el plan estaba arruinado. El nuevo Papa parecía un hombre joven y saludable. ¡Ya sé lo que están pensando! Si, parte de su juventud pude percibirla claramente por el estado de sus genitales. No entiendo que pueden encontrar de gracioso en la desgracia ajena. Ustedes son los mismos pelotudos que al principio de este relato se preguntaban arteramente cómo un cabecita negra como yo podía hilvanar dos frases con coherencia y usar palabras como primogénito. Lo cierto es que por una cosa o la otra daba la impresión de que teníamos Papa para rato. Eso se notaba en toda la Santa Sede. Había un clima de mayor distensión. En lo que a mí respecta el vago (el Papa) nunca me dirigió la palabra. No sé si porque le parecía muy poca cosa o estaba enojado por la tocadita.
                En el lugar donde si percibí cambios que me afectaron directamente fue en la biblioteca. El nuevo prelado era un hombre muy culto y se propuso aumentar y reacondicionar las existencias de la Biblioteca Vaticana. El bibliotecario en jefe, con quien yo había trabado cierta amistad, tuvo meses de muy ajetreado trabajo. Para ese entonces a todos ya había dejado de preocuparles mi presencia con lo cual no tuve que seguir repitiendo actos y discursos que avalaran mi estupidez. Estupidez considerada condición sine qua non para que pudiera continuar en mi cargo. Yo estaba tan deprimido que me olvidé de actuar y me fui acercando a Teófilo (el bibliotecario en jefe) quien, si bien se sorprendió de mi “lucidez”, no tuvo demasiado tiempo para albergar sospechas y rápidamente me agregó a su equipo de trabajo.
                Permítanme una pequeña digresión. Tengan en cuenta que en cada uno de los episodios de mi vida en lo que estuve un tanto deprimido encontré un rápido y efectivo alivio en las más diversas drogas. Yo soy un pibe del conurbano, no dejé nada sin probar. En ese momento estaba en una situación extraña. Estaba deprimido y no tenía absolutamente nada a mano para evadirme. Drogas, como las conocemos hoy en día, en esa época no había por ningún lado. Alcohol supongo que habría pero llegar a él me resultada imposible. Estaba desesperado. Hasta que un buen día, Teófilo me encargó que me ponga a desembalar y ordenar unos manuscritos árabes que habían llegado hacía poco tiempo como obsequió al nuevo heredero de Pedro. De entrada la tarea me pareció el colmo de la infelicidad, pero como no tenía mejor cosa que hacer me puse a trabajar con los manuscritos. Estos estaban en unas cajas de madera que llevaban escrita la palabra “Mocca”. Al abrir las cajas me encontré con unas piedritas negras con forma de riñón y de olor muy fuerte que usaban para proteger los manuscritos que estaban escritos sobre unos pergaminos muy frágiles que se ajaban de solo mirarlos. Los papiros (así dijo Teófilo que debíamos referirnos a ellos) estaban escritos en un idioma incomprensible. Esto colaboró a llevar mi depresión al extremo. Sin estimulantes de ningún tipo, solo me quedaba la última opción del estímulo del conocimiento. Y como ya había leído todos los ejemplares de la biblioteca cifré en este nuevo material mis últimas esperanzas. Pero no, mi vida iba de mal en peor. Si bien resultaban simpáticos los pergaminos, era imposible obtener de ellos mayor placer que el de contemplarlos como obras de arte pictórico. Con la esperanza de encontrar alguno escrito en algún idioma de los que manejaba en ese entonces, procedí a desembalar absolutamente  todas las cajas. Nada bueno apareció, todos los papiros eran indescifrables y había llenado el piso de la biblioteca de esas piedritas olorosas. Estaba lamentándome de mi mala suerte cuando de pronto tuve una epifanía. ¡Ese olor yo lo conocía de algún lado! De pronto repare en lo que venía escrito en las cajas: “Mocca”. Mi gusto favorito de helados siempre fue la crema mocca. Me gustaba por el intenso sabor a café. ¡Café! Eso eran esas piedritas. El estimulante que estaba necesitando me había caído del cielo. Cuando le comenté mi hallazgo a Teófilo me miró como si estuviera loco y se dio vuelta instantáneamente y recomenzó sus labores. Esta gente no sabía que era el café. Tome todas las “piedritas” que ellos creían inservibles y me las llevé a mi habitación. Conseguí un caldero pequeño y puse a hervir agua. Luego le agregué los granos y logré el mejor café que jamás hubiera probado. Era de un sabor intenso y “pegaba” como nunca. Me tomé dos tazones y quedé “puesto” como luego de un par de rayas de la porquería que nos vendían los transas en Casanova.
                Al principio mantuve mi descubrimiento en secreto; pero a medida que todos en la biblioteca se dieron cuenta que me iba cada dos horas a mi habitación y volvía al rato tarareando canciones de Cacho Castaña empezaron a sospechar algo. El primero que vino a encararme (supongo que era su obligación como jefe) fue Teófilo. Lo paré en seco diciéndole que yo ya había intentado comunicarle mi hallazgo y él no me había dado ni cinco de pelotas. Ahí nomás se puso serio y me dijo que le explicara el asunto con lujo de detalles. Le dije que no había ningún secreto, que los papiros habían venido rodeados en sus embalajes de granos de café, que el café era una bebida muy popular en donde yo me había criado y que con estos granos se lograba un café excelente. Me pidió probarlo. Yo gustoso le hice un tazón cargadito y el bueno de Teófilo quedó con los ojitos para afuera. Demás está decir que rápidamente se popularizó entre todos los habitantes del Vaticano lo que ellos dieron en llamar “la infusión del pendente”. El éxito fue tan rotundo que a las pocas semanas abrieron las primeras cafeterías en el Trastévere y empezaron a pedir a los árabes de Mocca que les mandaran toneladas de esas piedritas mágicas.
                Esta particular situación de que una bebida “ideada” por mí haya tenido tal aceptación popular hizo que el Santo Padre en persona se acercara a mis aposentos para probar el elixir en su estado más puro. Era la oportunidad que estaba buscando. El Papa era joven y si su pontificado duraba los años que amenazaba las chances de Escolástica de pelear nuevamente por su asiento en el trono perforado eran remotas. Cuando su Santidad se hizo presente yo le preparé el café más cargado que jamás hubiera bebido persona alguna. El tipo lo probó y le gustó mucho. Quiso más. Se tomó tres tazones y, antes de irse corriendo al grito de “¡Viva la Patria y viva Nerón, carajo!”, prometió volver al día siguiente. Al otro día volvió y repetí mi alquimia. El vago se estaba haciendo adicto y yo aproveché. Lo manipule como lo han hecho siempre con los adictos. Una vez que estuve seguro de que no iba a lograr abandonar su adicción, le empecé a decir a todos que Su Santidad había tenido una reacción muy extraña a mi brebaje. Que estaba tomando cantidades enorme y que eso podía ser nocivo para su salud. Pedí una entrevista con los médicos papales y les dije que estaba muy preocupado por la salud del Santo Padre. Ellos coincidieron conmigo pero no lograron que su paciente deponga su actitud. Dos meses después de que lo inicié en el vicio, el Papa estaba envejecido, taquicárdico y con temblores. Había abandonado sus funciones y estaba recluido en sus aposentos sin hacer otra cosa que beber la infusión del pendente. El corazón le aguantó seis meses. Luego de ese tiempo de ingerir cotidianamente cantidades ingentes de cafeína murió de un paro cardiaco a la edad de 45 años.
                Nuevo cónclave y nueva tocadita. Me prometí a mí mismo que si en este no salía electa nuestra mentora, después de tocarle las bolas a cualquier otro gilastro me iba a retobar hasta lograr que me peguen un tiro por querer fugarme. De todas formas, para ese entonces yo no era alguien más dentro del Vaticano. Era el que había inventado la exquisita infusión que acabó con la vida del Santo Padre. Las adoradoras del pendente dejaron de frecuentarme. Vaya a saber porque cuestiones políticas el cónclave tardó meses en reunirse. Meses de ansiedad y angustia por mi futuro. Fue una época compleja. Hasta que un buen día me vinieron a buscar para avisarme que el conclave se había reunido y en tiempo record ya habían tomado una decisión. Uno de los diáconos que vino a cumplir con el ritual de mi preparación me dijo que al haber pasado tan poco tiempo del cónclave anterior las cosas de dieron muy sencillas. Yo interpreté eso de forma inequívoca. Escolástica de Barrento no iba a dejar que la dobleguen nuevamente. Me dirigí a la sala del trono perforado y encontré sentada en el mismo una figura familiar. Con temor por mi experiencia anterior, me ubiqué en mi posición y metí  la mano lentamente por debajo del trono. ¡Qué alegría! ¡Qué gozo! Todo eso junto y más. Con mi diestra acaricié esos labios carnosos y sensuales. Demoré más de lo lógico en dar mi grito confirmatorio. Pero a los pocos segundos una fuerte contracción espasmódica de la vagina del Sumo Pontífice me hizo recordar mi función. Poniendo cara de circunstancia exclamé “Dous habet et bene pendentes”. Eso es lo último que recuerdo. Luego me desmayé…

Epílogo


                Ahora que ya les he contado mi historia por escrito espero que me dejen en paz. Señores del jurado, todo lo que conté es la pura verdad. Soy consciente de que quizá les resulte increíble; pero ese ya no es mi problema. Esto explica la súbita desaparición de quien suscribe junto con el todavía prófugo Diego Armando Abal. El hecho de que yo haya reaparecido “misteriosamente” a los tres días de ausencia en mi celda de Marcos Paz y que Abal se haya esfumado para siempre creo que se explica claramente con una meticulosa lectura de la presente declaración.

                Me piden pruebas y solo tengo una para aportarles. Dudo mucho que entre ustedes haya expertos en semiótica. ¡Llamen peritos, mierda! Muevan el culo. Uno de los mayores misterios de la semiótica del lenguaje gestual de occidente queda develado. O me van a decir que luego de leer este humilde relato de los hechos alguien puede seguir albergando dudas acerca de porqué el gesto utilizado en Occidente para pedir un café sea exactamente el mismo que hace referencia a la corta longitud del miembro viril masculino…

domingo, 27 de octubre de 2013

Felicidad inmensa



Me levanto temprano y salgo de mi casa sin desayunar. Subo al auto y arranco. Mis movimientos están automatizados. Siempre el mismo recorrido. Siempre los mismos problemas. Voy con la ventanilla baja. Hace calor. Llego a una esquina y me aborda un limpiavidrios. “No, gracias” “Dale maestro una limpiadita” “No, lavé el auto ayer” Empiezo a subir la ventanilla y una mano me lo impide. Veo un arma. “Dame guita o te quemo” “Pará flaco, pará” Meto la mano en el bolsillo interno del saco para sacar unos billetes y escucho un ruido terrible. El auto lleno de sangre. No siento dolor. Con mi mano derecha me toco el cuello donde debería estar mi carótida izquierda. Tacto un orificio. Cierro los ojos. Blanco inmaculado.
Me despierto en una camilla de quirófano. No entiendo nada. Me toco el cuello y lo tengo sano. Sin heridas ni cicatrices. ¿Cuánto tiempo pasó? Se me acerca alguien y me dice: “Gutierrez (yo no me llamo Gutierrez) recuerde que la situación es compleja. El tumor puede afectar el bulbo raquídeo.” Me inyectan anestesia. Estoy inerte pero escucho todo. Me dan vuelta en la camilla y se ponen a operarme. El cirujano le dice a su ayudante que el tumor es más grande de lo que mostraban las imágenes. “¡Se va a enclavar! ¡Se va a enclavar!” Cierro los ojos. Blanco inmaculado.
Me despierto en un avión. Es de noche. Las luces se encienden de pronto. Todo se empieza a mover. Por los altoparlantes el piloto avisa que nos ajustemos los cinturones que estamos atravesando una turbulencia. Escucho un ruido como de hierros rotos y alcanzo a ver que el fuselaje se parte en dos. Cierro los ojos. Blanco inmaculado.
Me despierto de pie. Tengo los ojos vendados. Alguien me grita algo muy cerca de la cara. Me sacan las vendas y veo que gente en fila que me apunta con armas largas. Escucho la orden de fuego. Cierro los ojos. Blanco inmaculado.

Me despierto en una cama. Tengo encima de mí a una morocha exuberante. Siento que estoy por eyacular. De pronto un dolor lacerante en mi pecho que se extiende a mi brazo izquierdo y al cuello. Me falta el aire. Sudor frío. La morocha no se da cuenta de nada porque está gimiendo extasiada. Cierro los ojos. Negro absoluto. Felicidad inmensa.